mayo 18, 2018 lamatrio

Mentorado 6. Notas de lectura: “Los cuentos de Ahigal”.

Hemos leído mucho en estos meses, y a ratos dan ganas de hablar de todos los libros. Comentar, por ejemplo, la maravillosa novela “Narradores de la noche”, del sirio Rafik Schami, donde el mejor contador de historias de Damasco pierde la voz misteriosamente. O referirnos a la colección “En teoría” de la editorial Palabras del Candil, donde podemos encontrar libros perfectos para un primer acercamiento

a la narración oral como “Contar con los cuentos” de Estrella Ortiz, y una alucinante reunión de la física, la ciencia, el cine y la oralidad en “La narración fractal” de Héctor Urién, o un extraño y fascinante recorrido de viajes, apuntes y anécdotas de narración oral en “Palabra de cuentero”, de Nicolás Buenaventura. O hablar de los libros eróticos que Pep Bruno, nuestro mentor, guarda en la parte más misteriosa de su biblioteca: “el infierno”. Libros eróticos de la antigua arabia, cuentos de Anaís Nin. O irnos hacia el otro lado y pensar en los … ¿40? ¿50? libros de cuentos de LIJ que hemos leído para buscar repertorio nuevo, para aprender a contar con libros. Quizás tengamos tiempo para hablar de todo.

Por ahora, quisiera referirme particularmente a un libro gigante y sencillo: “Los Cuentos de Ahigal. Cuentos populares de la Alta Extremadura”, también publicado por Palabras del Candil (pueden conocer más de esta editorial en su página web).

En esta colección de cuentos, nos encontramos con cientos de historias que recopiló José María Domínguez Moreno en el pueblo de Ahigal, cercano a Cáceres, en la comunidad de Extremadura. La transcripción mantuvo la particular forma de hablar de los habitantes del pueblo, pero haciéndolo legible. Al leer cada historia tenemos la sensación de estar en una taberna, o una posada, o a la salida de la iglesia, o caminando por el campo, acompañados de algún narrador ocasional. Hay versiones maravillosas de cuentos clásicos, muchísimos chistes, cuentos de tontos, de curas y de sabios, de animales y de enamorados.

Pero quizá lo más interesante sea encontrar historias que uno, de una manera u otra, ya conocía. Es posible ver perfectamente cómo se mantuvo la estructura de un cuento clásico (por ejemplo, “El lobo y los siete cabritos”), pero alimentado de la esencia misma del pueblo. Podemos oír, al leer, a las viejas y los viejos que repitieron esta historia, y que al olvidar improvisaron, y que al improvisar dieron una nueva impronta al cuento. Leer este libro es ver el viaje de los cuentos.

Mi padre (escribe Andrés, me paso al singular en este momento porque decir “nuestros padres” no tendría sentido) contaba a su vez que su padre contaba algo que le había ocurrido a un señor conocido (suena enredado, pero la transmisión de la oralidad es así). El caso es que este señor apostó con sus compadres que se metía en el cementerio de noche, y enterraba su espada al final del camino. Y eso hizo. Y cuando giró, con la espada ya enterrada, con el cementerio oscuro como boca de lobo, sintió cómo le tiraban de la capa. Y entonces cayó muerto del susto. Claro, había sido que la espada había enterrado la capa, sin querer, y por eso sintió el tirón. Y yo estaba seguro que esto le había ocurrido a aquel conocido de mi abuelo, en algún cementerio de Colchagua. Pero hete aquí, que en Ahigal, a miles de kilómetros de distancia, pasando un océano entero, yéndose hacia el interior de España, en un pueblo de no más de 2000 habitantes, se contaba la misma historia (solo que en vez de espada, era un clavo y un martillo).

Al encontrar esta historia en “Los cuentos de Ahigal”, me sentí, yo también, parte del viaje de los cuentos. Y me sentí unido al mundo. Y pensé en que todos hemos sido migrantes, y todos hemos contado y escuchado historias, y que contar cuentos nos hace más humanos. Y quizá eso es lo que tienen los cuentos: nos conectan otra vez con el mundo.

La hermosa tarde en Ahigal

Y además, Nicole y yo tuvimos la suerte de estar hace poco en Ahigal, donde Pep y Mariaje tienen una casa de descanso. Y al escuchar hablar a su gente nos dimos cuenta del cariño con que se habían recopilado aquellas historias. Se mantuvieron expresiones como “viluí” o “velahí”, que sería como decir “y velo ahí”, “y ahí estaba”… Incluso, al final del libro tenemos un pequeño diccionario de expresiones de este tipo, y de palabras que a lo mejor ni siquiera se conocen fuera de Ahigal.

 

 

Hay que decir también que casi todos los informantes (quienes contaron los cuentos) ya están muertos. Y eso debe hacernos pensar en la importancia de recopilar las historias hoy mismo, porque mañana puede ser tarde.

Este libro es un pequeño gran tesoro que llevaremos a Chile. Una de las tantas cosas que nos llevaremos de regreso.

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