noviembre 19, 2018 lamatrio

CHILE AL FILO. Crónica del Festival ChileCuentos, por José Luis Gallego

José Luis Gallego, el «Mono, está en Chile, invitado al Festival Internacional de Narración Oral «ChileCuentos», que producimos como La Matrioska. De su experiencia en estos días nos habla en esta crónica.

 

 

Chile al filo.

Los subtes pasan rápido, impulsados por una fuerza extraña. Las puertas son más anchas que en Buenos Aires. En el centro de Santiago de Chile las personas visten bien, algunas mujeres usan tacos y pantalones ajustados, parecen que van apuradas.

Estoy participando del primer festival Chilecuentos organizado por la compañía la Matrioska, Nicole y Andrés. Dormimos en un departamento muy bonito. El lugar es moderno, barrio rico, cerca del metro. Parece como una especie de shopping. Por las calles, sueltas, estacionadas, hay unas bicicletas modernas, con ruedas naranjas, están conectadas en red, con un candado que se desactiva escaneando un código QR. Las personas escanean, toman las bicis y después las dejan donde les parece. Las bicis, aparentemente, son inrobables. Se detectan por un GPS.

Pienso que Argentina nada es inrobable.

Las bicisendas son más anchas que en Buenos Aires y caben dos ciclistas enfrentados en carriles opuestos sin rozarse los codos. La gente es respetuosa, cuando alguien pone un pie en la senda peatonal, los autos se detienen aunque no haya semáforo.

Ayer me tocó narrar en la Biblioteca Nacional, edificio antiguo, bello. El auditorio impecable. Compartí la presentación con una narradora que se llama Paty Mix. Tiene un silencio de pelo gris, corto y bit. Ella admira y ama a Juan Moreno. Me cayó muy bien. Haciendo mucho con muy poco me conquistó y, sin darme cuenta, me fui a la India de hace mil años y vi todas sus palabras en HD.

Entonces conté, fue sucediendo, encontrándome por primera vez con el público chileno. De a poco, fui probando desnudar mis particularidades. El espectáculo duró una media hora. Estaba en el último cuento, Viruta, el niño de papel. Había probado diferentes formas para llegar a través de sus miradas, al alma y, finalmente, con esta historia mágica y villera, el tiempo se había comenzado a detener, la miradas entregadas, faltando tres minutos para el final, en el momento en que el niño queda atrapado, se instaló un suspenso gordo y esponjoso, en ese momento, las luces de la sala se prendieron y Nicole, con cara de quien viene a compartir una incomodidad impostergable, me hacía señas de que tenía que terminar. Entonces, miré al suspenso esponjoso y luego a la incomodidad impostergable, y seguí contando. Faltaba poco y cualquier otra cosa en comparación a la maravilla del tiempo detenido en la mirada de un adulto con expresión de asombro, era poca cosa.

En ese instante no había chilenos, mapuches, brasileros ni argentinos, había ojos de niño dentro de adultos expectantes. La incomodidad impostergable se hizo un gesto de misericordia en la mirada de la productora y paré. Ella me explicó, pidiendo repetidas veces perdón, que debíamos desalojar la sala.

Subió al escenario un funcionario de la biblioteca y nos pidió a todos que debíamos desalojar, ya que afuera había disturbios y los carabineros estaban reprimiendo una manifestación.

En el momento en que se prendieron las luces y el cuento se detuvo, cuando apareció el funcionario y dijo que nos teníamos que ir, hubo un gran desasosiego generalizado, como cuando estás jugando y, en medio de los castillos de cristal y los caballos de oro, aparece tu vieja y te llama a comer o como cuando, de grande, la señora institución, vestida de droga social,  te llama a comer la misma comida para irte a dormir para volver a desayunar y volver a dormir y desayunar siempre la misma comida y sumergirse en ese apocalipsis qué es saber que ya nada te sorprende.

La explicación me pareció ilógica. Si en el exterior había una situación de violencia, el mejor lugar para quedarse resultaba dentro de ese teatro lindo y alfombrado con piso de madera, abrigado por ese suspenso esponjoso como un Decamerón chileno y contemporáneo. Pero no. El señor funcionario me explicó que era por la seguridad de las personas, porque los manifestantes podían ingresar y destruir el edificio. Le dije que a mi parecer, si afuera reinaba la violencia ese era el mejor lugar para permanecer. Y que él no estaba velando por la seguridad de las personas, sino por la del edificio y la institución. Comprendía que recibía órdenes, pero concluí abruptamente haciéndole ver que en el tiempo que demorábamos en nuestra conversación ya hubiera terminado de contar el cuento.

Salimos por la parte de atrás los disturbios estaban al frente. Olía a palos y el gas flotaba por todos lados. El ambiente lejos de la avenida estaba tranquilo y las personas caminaban deprisa hacía diferentes lugares provocando un murmullo de comentarios diversos. Entre ellos, uno dijo que los manifestantes armaron barricadas con las bicicletas de ruedas naranjas, para que los vehículos antimotines no pudieran avanzar.

Las bicis con QR, las inrobables. Comprendí que debajo de los techos vidriados del mall está la sangre originaria que burbujea y late diciendo Basta.

Al otro día todo amaneció en calma, el cielo despejado, los andes nevados.

A la noche volví a contar en una terraza junto a mis compañeros del Festival. Nicole, Andrés, Priscila, Jota, Paty y Aldo. Estaban presentes varias de las personas que se habían quedado sin el final del cuento de Viruta y volví a contarlo, pero esta vez completo, redondito. Había más de cien personas, la escucha fue exquisita.

Comprendí que cuando el tiempo se detiene no hay países sino pueblos, y a diferencia de los países unidos por leyes, los pueblos están unidos por historias y, los cuentos, como son de aire e imaginación no se rompen, porque son tan blandos y etéreos  como un pedazo de nube. De pronto, ese pedacito de nube que es la materia de los cuentos, se hace lluvia y te volvés a empapar de eternidad.

Aunque venga la guerra, o la misma muerte vestida de conductor de televisión, las historias siempre vuelven a nacer, porque son como la lluvia, como los terremotos, como el viento, no se pueden detener.

 

 

José Luis Gallego vive en Argentina. Es escritor y contador de cuentos para niños, jóvenes y adultos. Como narrador oral trabaja con material propio, folclórico y popular, además de relatos de autores.  Es integrante fundador de la compañía de cuenteros El Viajecito de Felipe. Hace más de  10 años presenta espectáculos ininterrumpidamente en las principales salas de teatro de Buenos Aires. Dicta talleres de creatividad literaria y narración oral en contextos marginales.

 

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