Cuando al hablar se ponen de pie las cosas – Andrés Montero

Revisando el libro “Cómo contar cuentos”, del argentino – radicado en Venezuela – Daniel Mato, me encontré con un amplio recorrido por las formas de narrar en el mundo. Me sorprendió, por ejemplo, conocer los “rakugo”, aquella bella forma de contar que tienen en oriente, concretamente en Japón. Los cuentacuentos de este país suelen contar sentados sobre sus rodillas, de modo que el movimiento corporal es mínimo. Así, el cuento cobra mayor protagonismo – por sobre el cuentacuentos, quien debe llevar toda la expresión a su rostro y manos, y se ve obligado a que los matices de su voz se realcen.

Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que los indios Náhualt llamaban tlaquetzqui al narrador de historias de la tribu. En lengua nahualt, tlaquetzqui significa “aquel que al hablar hace ponerse de pie las cosas”.

Desde que leí aquello, utilizo aquella definición en mis talleres y sobre todo como guía al momento de preparar un cuento para narrarlo públicamente. Aquel que al hablar hace ponerse de pie las cosas… No sólo es una de las definiciones más hermosas que he escuchado, sino también una de las más acertadas. Desde entonces, al momento de escuchar los ensayos de un alumno o a otro narrador – aunque esto lo hago internamente -, pienso básicamente en lo siguiente: ¿hizo ponerse de pie las cosas?

Ya decía Eduardo Galeano que “cuando alguien cuenta una historia, es como si se prendiera un fueguito”. Nuestro recuerdo ancestral nos lleva a sentir aquella sensación: la de estar junto al fuego, bajo una noche estrellada o en un cálido hogar, escuchando historias. La imaginación, entonces, se convierte en los ojos del alma. Vemos todo lo que nos es relatado de modo interno, eligiendo rostros, tamaños, colores, re-significando y re-presentando el cuento según nuestro propio ser, nuestra propia memoria, nuestra propia identidad.

Esto me lleva a pensar, una vez más, en el flaco favor que hacen disfraces e ilustraciones al momento de narrar oralmente un cuento. ¿Cuál es, realmente, la necesidad de mostrar imágenes o de disfrazarse? Me cuesta verlo, pero por sobre todo, me cuesta entender que aquello también se llame narración oral. Las imágenes, ilustraciones, videos , etc., otorgan una forma inequívoca de representar el cuento, de modo que lo que el público pueda imaginar se queda sin espacio. Por lo tanto, y sin lugar a dudas, la narración oral-visual tiene un efecto muchísimo menor en el desarrollo de la imaginación. Y por lo tanto – aunque esto ya es una suposición mía – en el amor por las historias, pues pienso que es más fácil querer aquello que nos da libertad que aquello que nos propone una forma determinada de ver las cosas, por muy positiva que ella sea.

Cuando he preguntado a narradores por qué se disfrazan o utilizan ilustraciones al momento de narrar un cuento, por lo general me responden que es un modo de generar atracción en el público sobre el cuento. Al respecto, pienso al menos dos cosas:

La primera es que no estoy de acuerdo con que produzca realmente ese efecto. En Valparaíso me tocó ver en una plaza pública a una narradora – muy buena, además – que contaba cuentos a los niños. Sus historias, empero, no eran seguidas atentamente por su pequeño público, por la sencilla razón de que estaba disfrazada de ratoncita y los niños sólo querían jugar con sus orejas y su cola. De modo que se distraían y no podían escuchar la historia.

En otra ocasión, también en Valparaíso, escuché a una profesora que relataba lo sucedido con su curso de Kínder. Ella había contado numerosas veces a los niños el cuento de Rapunzel, de forma completamente oral. A los niños les gustaba. Luego la profesora se enfermó y tuvo que venir una joven profesora reemplazante. Conocedora del gusto de estos niños por la historia de Rapunzel, decidió contárselos y aprovechar de utilizar el proyector de la sala para mostrarles imágenes del cuento. Entonces, una niña se puso a llorar amargamente. Ante el asombro de la joven profesora, la niña explicó la razón de su pena apuntando a la imagen que mostraba el proyector: “Es que Rapunzel no era así”.

Aun dejando de lado estos ejemplos de por qué las ilustraciones o disfraces no generan realmente una mayor atracción por los cuentos (es decir, suponiendo que sí lo hicieran), no entiendo bien por qué son herramientas utilizadas por los narradores. Todos los que contamos sin utilizar más herramientas que la voz, los matices, la corporalidad y los silencios – y en ocasiones la música – sabemos que son recursos suficientes para que el público pueda disfrutar una historia. ¿Por qué entonces buscar más herramientas? ¿Con qué fin?

Y entonces me da por pr10313980_630990493659018_813574452709544525_neguntarme, aunque no quisiera ofender a nadie, si no será porque realmente consideran que el público no los tomará en cuenta “así nomás”. Eso sería una tristeza, porque significa que no creen que la palabra sea capaz, por sí sola, de crear realidades. Como si la palabra no contuviera ya todos los colores.

Yo invito a todos los narradores que utilizan – o abusan – de disfraces, videos e imágenes, que hagan la prueba: que preparen sus cuentos sin más herramientas que su voz y su expresión corporal, que lo hagan con profesionalismo y dedicación, y que prueben presentarse así: mostrándose tal como son y permitiendo al público elegir cómo representa en su mente lo narrado. De este modo, será posible que, al igual que el tlaquetzqui de los nahualt, hagamos que al hablar se pongan de pie las cosas y que realmente encendamos un fueguito con nuestra narración.

“Caras de cuento”

A veces, antes de comenzar una función en un colegio o jardín infantil, le pedimos a los profesores que nos tomen fotos, para así utilizarlas al momento de presentar proyectos o simplemente mostrar nuestro trabajo. Pero últimamente preferimos tomar fotos a los niños, porque sus rostros hablan mucho más sobre el poder de la narración oral. Aquí una selección de algunas “Caras de cuento” .

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